Te hablo de Ernesto: las canciones para el “Che”

che silvioHoy se cumplen 87 años del nacimiento de Ernesto “Che” Guevara, un 14 de junio de 1928. En las páginas de LiberArce, hemos dedicado varios artículos y compartido numerosas reflexiones acerca de cómo recordar al revolucionario que, con su ejemplo de lucha, marcó para siempre a todos los revolucionarios de América Latina y del mundo. 

Decíamos que “Su vida y su ejemplo de convicción en la lucha por sus ideales, lo han llevado a ser una de las figuras más emblemáticas de los movimientos revolucionarios, y hasta el día de hoy, esos ideales siguen vigentes en la sensibilidad y la lucha de miles en todo el mundo“. (Hoy, más que nunca, hoy el “Che” vive).

che8En su discurso “¡Un verdadero ejemplo de virtudes revolucionarias!”, Fidel Castro afirmaba que “reunía, en su extraordinaria personalidad, virtudes que rara vez aparecen juntas. Él descolló como hombre de acción insuperable, pero Che no solo era un hombre de acción insuperable: Che era un hombre de pensamiento profundo, de inteligencia visionaria, un hombre de profunda cultura. Es decir que reunía en su persona al hombre de ideas y al hombre de acción.”

En Sentir al Che, hablábamos de los intentos del mercado para despojar su imagen de las causas por las que luchó, de quitarle al Che su contenido como revolucionario, y convertirlo en un mero fenómeno de marketing.

“La vigencia del Che, de su pensamiento y de su ejemplo, fue puesta en cuestión siempre, desde el día mismo de su asesinato. Las poderosas fuerzas que enfrentó lo asesinaron físicamente y se han empeñado, y lo seguirán haciendo, en matar su influencia, su mensaje, su ejemplo.

Esos intentos van desde reducirlo a un idealista solitario que perdió todas sus batallas, pasando por limitarlo a un teórico y práctico de la lucha armada, hasta la más sutil de las formas de asesinarlo cotidianamente: transformarlo en un fenómeno simpático de mercado o de rebeldía sin causa y sin compromiso, vaciarlo de contenido revolucionario.” 

Hoy queremos recordarlo de nuevo, como siempre, pero de una forma diferente. Porque la figura del Che ha sido fuente de inspiración para muchos a lo largo del mundo en varios aspectos, también en el arte. Son innumerables las canciones y poemas que ha suscitado su vida y su obra revolucionaria, como estrella que marca un camino de lucha colectiva y esperanza para los pueblos. Tanto es así, que muchos de los principales artistas populares latinoamericanos -y de otras latitudes- han homenajeado en su obra al guerrillero heroico.

Recordaremos esta vez al Che desde la música. Su huella, su compromiso, su legado hecho canción. Algunas  han quedado grabadas para siempre -como de quien hablan- en el cancionero popular; otras no son tan conocidas, aun están por descubrir. Los invitamos, entonces, a seguir conociendo la influencia de Guevara, desde el arte y la cultura, con música y letra.

América, te hablo de Ernesto – Silvio Rodríguez

Tonada de albedrío – Silvio Rodríguez

Al Comandante Che Guevara – Alfredo Zitarrosa

El hombre de la estrella – La Renga

Son los sueños todavía – Vicente Feliú

Con la adarga al brazo – Frank Delgado

Por quê será Che Guevara – Joâo Sampaio

Nana del Che – Luis Pastor

Gallo rojo – Los Fabulosos Cadillacs

Consternados y rabiosos-Canción antigua al Che Guevara – Mario Benedetti-Mike Porcel

Guevarita – Jairo

Tu estrella – Raly Barrionuevo

Que pare el son – Carlos Puebla

El aparecido – Ismael Serrano (Víctor Jara)

El pueblo te ama Che Guevara – Carlos “La Mona” Jiménez

Hasta la victoria – Aníbal Sampayo

Zamba del Che – Víctor Jara

Yo tuve un hermano-Si el poeta eres tú – Julio Cortázar-Pablo Milanés

Hacen mil hombres – Alí Primera

Homenaje al Che – Atahualpa Yupanqui

Vuelve a ser amor – Los Novo

Soldadito boliviano – Ángel Parra

Es un decir: Guevara – José Alejandro Delgado

Un nombre – Carlos Puebla

El hombre nuevo – Cesar Portillo

María Antonia – Verde Reggae

Carta al Che – Inti Illimani

Una canción necesaria – Vicente Feliú

Hasta siempre Comandante – Buena Vista Social Club (C. Puebla)

Un pensamiento en “Te hablo de Ernesto: las canciones para el “Che”

  1. muy bueno el blog.
    memoria de otro revolucionario: Ismael,periodista

    Si esto es literatura testimonial o no, deberán decidirlo los lectores. Pretendo solamente ser la voz de mi padre, después de que se le terminaran las palabras. Creo que él lo permitiría, y aunque me quedan dudas sobre su consentimiento, decidí que su testimonio aunque individual, se debe también al colectivo, porque esa fue, la razón de su vida.
    Murió de verdad hace veinte años. Ya antes, muchas muertes había él resucitado. Dicen los que lo conocieron, que era un hombre bueno, periodista y revolucionario.
    En mil novecientos veintiocho nació, sexto hijo de padres inmigrantes de una Europa de entreguerras. De los diez hermanos fue el primero en nacer en Uruguay. Sus padres, los dos judíos húngaros, vivían en un pueblo de la campiña de centro Europa, donde nacieron sus cinco hermanos mayores, dos hombres y tres mujeres
    Montevideo fue sólo una escala, y los cinco hijos más que tuvieron Ignacio y Leonor, mis abuelos con nombres “traducidos” a su llegada, nacieron en Paysandú. Eligieron para instalar a su familia, la capital del norteño departamento, construida como puerto defensivo junto al río Uruguay.
    Seguramente mis abuelos murieron sin conocer la historia de Leandro Gómez, y de la bárbara conquista, que mi padre, como tantas otras cosas, no tuvo oportunidad para contar.
    Ellos conocían la miseria y otros lastres, de una guerra que parecía no parar nunca. Por eso, la diáspora y la discriminación eterna, hizo que siguiendo sus tradiciones más arraigadas, se negaran a disfrutar nietos, que como mis hermanos y yo, nacimos de una madre de familia entre atea y cristiana.
    Según los recuerdos de papá, su madre cocinaba como en su país y el abuelo tenía preferencia por las cosas ácidas, el pescado medio crudo, y unas galletas sin gusto que comían por costumbre. Con las plumas de los gansos que criaban, Leonor hacía abrigos para las camas de sus hijos. Nunca llegó a saber que una de sus bisnietas, aun conserva uno de esos acolchados, que calienta sus noches de invierno Montevideano. Además de las tareas de la casa, y el cuidado de sus diez niños, la abuela atendía a los animales. El padre, vendía frazadas a domicilio, con un socio de la colectividad judía, y cantaba en la Sinagoga de la ciudad, pensando tal vez, en un pueblo Húngaro arrasado. Pensaría en otra lengua tratando de criar a los hijos en un país lejano, intentando no perdieran lo único que él había traído, su voz, sus recuerdos y sus creencias. Tiempos de pobreza, contados a través de lo divertido que fue ir a la escuela en Concepción.
    A los doce años, siguiendo la ruta a la Capital, tomada antes por algunos de sus hermanos mayores, papá se despidió de su familia y su Paysandú natal, para iniciar la etapa liceal y laboral. Cambió lo pantalones cortos, por los largos, estrenando la adolescencia recién instalada. Nunca olvidó y siempre nos recordó, sus inicios de nadador en el río, el club de Remeros, la casa con la marca indeleble en la pared, del nivel del agua, que rememoraba las inundaciones.
    La expresión triste de la cara de mis abuelos, que conservo en pocas fotos sepia y desteñidas, no coinciden con la representación que tenía de ellos con las casi fábulas que nos contaba mi padre. Mi abuela, cubierta con un pañuelo su cabeza, dirigiendo un barco pintado sobre la fotografía, con una tripulación de niñitos rubios, con rulos y ojos asustados, es una de las imágenes familiares que más pesar me producen.
    Los parlantes en la calle principal de Paysandú anunciando a toda voz, el triunfo de las fuerzas aliadas, fue según papá uno de los primeros anuncios políticos que movilizaron sus sentimientos, relacionándolos con su historia familiar.

    A los doce o trece años de edad, estas ideas se fueron aclarando en el apartamento Montevideano de su hermana mayor, que, cómo si fuera un símbolo se llama Clara. Además de los hermanos que iban llegando, esa casa recibió a amigos de todos ellos, estudiantes y trabajadores, y se convirtió en un centro juvenil, de discusión literaria, política y filosófica. Casi a sesenta años, a veces encuentro a algún viejo amigo de ellos, que sonriendo recuerda aquel lugar.
    Mi padre, entró con doce años al liceo Público Instituto Vázquez Acevedo en horario nocturno, ya que durante el día trabajaba en una industria metalúrgica, donde se fabricaban tapas de metal, para botellas de vidrio.
    Nos transmitió una imagen de alumno aplicado, que ahora no estoy tan segura, corresponda completamente, a la realidad.
    Lo cierto es que siendo estudiante del “IAVA”, como aun se nombra ese liceo, comenzó a escribir, tratando de entender una guerra lejana, que afecta a la humanidad y desgarra a su familia. Con un grupo de amigos, alumnos del liceo, publican un boletín, que ellos mismos escriben, programan, copian en un mimeógrafo y reparten a sus compañeros. Se dedican a la difusión del conocimiento de situaciones injustas sobre problemas cotidianos, que lo incluyen a él, a su liceo y a sus colegas, tratando de proponer soluciones colectivas. Pienso que fue ese sentimiento el que definió sus acciones, luego tal vez, sobre bases más sólidas de pensamiento, pero con la misma intención, durante toda su vida.

    A esta altura, me detuve a analizar si una admiración desmedida, o una percepción alterada de mis recuerdos infantiles y juveniles, no hacen al testimonio familiar perder valor. Si así fuera, mis disculpas, pero no puedo modificar el curso de mis recuerdos, ni evitar transmitir los valores más queridos que él me entregó. Le debo la convicción, de que en el mundo hay muchos hombres buenos, y hace falta que se cuenten sus historias.
    Concomitante con los estudios secundarios, cursó un bachillerato técnico, y egresó de la Universidad del Trabajo, convertido en mecánico tornero. Como en verdad parece que era un alumno destacado, accedió a un cargo para desempeñar su oficio, en las líneas aéreas del Estado.
    Si no hubiera visto fotografías de papá con mameluco, trabajando en los aviones, hubiera pensado que no era cierto. La imagen que tengo de él, tratando de arreglar algún desperfecto hogareño, no concuerda en lo más mínimo, con ese antecedente. En esos tiempos, ya había decidido dejar ese trabajo, para dedicarse por entero al periodismo.
    Su entusiasmo estaba puesto en la escritura. Por la vía de los hechos se convirtió en periodista. Pasó del boletín del liceo, a escribir en cualquier publicación de contenido social o gremial con la que se vinculaba. Aun siendo muy joven, adoptó el convencimiento de la justeza del pensamiento marxista, como guía de lo cambios que los hombres del mundo se debían. Creía en un futuro destinado a la humanidad, donde fuera posible, la paz y el pan para todos. Ingresó a una organización de jóvenes comunistas, y en un baile que organizaban sus compañeros, de un Centro que llamaban “El estudiantil”, conoció a mamá.
    En esos años papá, periodista del periódico Justicia, participó de la fundación del diario El Popular, órgano escrito del Partido Comunista del Uruguay.
    Desde ese momento, escribió sin parar, yendo de las fábricas a los frigoríficos. Hablando con los trabajadores en las obras o en los locales sindicales, poniendo en palabras impresas, sus esperanzas y las dificultades que sufrían. Todos hacían de todo un poco. Escribían las notas, corregían las impresiones y repartían el diario.
    El “gallego Aurelio”, fotógrafo incansable, frecuente compañero de mi padre en la cobertura sindical, tocando el timbre de mi casa en la calle Cuñapirú, mientras mamá se quejaba por la hora, son recuerdos que se reiteran de mi infancia.
    Íbamos a la escuela, dónde mamá trabajaba de maestra en esa época, y en la que antes, había sido alumna. Sus recreos, los amigos y las moreras del patio, es una de las primeras cosas que evoco, cuando pienso en mi niñez. Pero además, entre otras cosas, las tardes que pasamos en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, para lograr la in entendible para nosotros, Ley de Equiparación. Jugábamos a patinar hasta cansarnos, en los resbaladizos pisos de mármol con otros niños, hijos de otras maestras, transformando la lucha gremial en juego, con un fin de paseo, calentando el invierno con un café con leche, tomado en el Bar Alcalá, frente a la Facultad de Medicina.
    El recuerdo del “cuba sí, yanqui no” cantado desde los hombros de papá, en alguna manifestación, me generaba contradicciones a la hora de no incluir la bandera cubana con la otras de Latinoamérica, cuando estudiábamos la integración de la Organización de Estados Americanos, en quinto año de escuela.
    La gravedad de lo conflictos sociales uruguayos derivados de una creciente desigualdad de oportunidades, con gran prepotencia gubernamental, se vivió con todo su peso. En el entierro de Liber Arce, caminamos con mi hermano muchas cuadras, acompañando a papá y mamá conmovidos y silenciosos. Seguramente ese momento, marcó en nosotros y en muchos niños de entonces, la comprensión de la tan repetida, palabra compañero..
    Estrené el liceo en el 68, año mundialmente eclosionado por los mayos de aquí y de allá. La lucha por el precio del boleto de estudiante y los peajes en solidaridad con los obreros de fábricas en lucha por despidos, cierres y salarios, me encontró al inicio de mi adolescencia. El sentimiento de solidaridad con compañeros y profesores durante los cursos paralelos dictados en locales sindicales, en respuesta al cierre de clases en secundaria, marcó la mitad del 69. César Campodónico, Rovira y tantos otros, de los que aprendimos más que física y geografía. y el cielito de fondo cantado por Los Olimareños, lo convirtió en un año inolvidable. Como sea, el sentimiento intenso de aquellos días adolescentes, tienen el gusto a un tiempo intensamente dado y compartido, que muchas veces extrañado, se hace necesario reproducir.

    Mientras nosotros hacíamos nuestras primeras experiencias, papá reconocía cada adoquín de las calles del Cerro, caminadas de memoria rumbo a los frigoríficos. Dicen los viejos obreros, compañeros que lo recuerdan, que lo sentían parte de ellos y sus problemas, sólo diferenciado por la libreta de apuntes de tapa negra, que siempre recuerdo en su mano, o sobresaliendo por el bolsillo de su saco gris. No nos hablaba de política, pero trataba de transmitirnos su opinión, de que estudiantes e intelectuales, debíamos acompañar en sus reclamos, a los que verdaderamente generan la riqueza, de la que algunos se benefician más que otros. Confiaba plenamente en la clase obrera, y desde el lugar de periodista que eligió, se comprometió con ella.
    Del local de la calle Justicia, el recuerdo surge desde fotografías impresas en blanco y negro, en papel brillante. Sabía que adentro papá nos dejaría teclear en su máquina de escribir Remington.
    Cuando se mudó el Popular a la esquina de Rio Branco y dieciocho de julio, hubo festejos, ya que la sala de Redacción era más grande y cómoda, y en el subsuelo funcionaba la linotipo de hierro negro. Era una máquina monumental, de dos pisos, con ruido a ferrocarril, donde páginas enormes armadas con tipografías de metal que se juntaban como un puzzle, se copiaban en papel. Entre ese estruendo infernal, olor a tinta y gente tomando leche, papá veía salir cada madrugada el diario de denuncia, que parían cada día con el esfuerzo de todos.
    Unos años después, compraron la moderna impresora offset , que los llenó de orgullo, le dio color a el popular y a “patricia”, y les duró poco tiempo.
    Nos gustaba visitar a papá en su lugar de trabajo. Aurelio nos sacaba fotos, Acassuso, Porley y otros de sus compañeros, nos ofrecían prestados sus queridos instrumentos de trabajo, que hacía que nos sintiéramos periodistas.

    1971 Triunfo de la esperanza 26 de marzo. 18 y ejido.. vimos nacer y crecer al Frente Amplio. Algo que no se podía tolerar. Argentina, Chile con Allende. Había que podar de raiz………..El Imperio, insaciable, no permitiría la posibilidad de un mundo mejor.
    Pero latino América es indoblegable.

    1973
    Seguramente todos los uruguayos que tenemos memoria de ese año, lo asociamos a nuestra historia personal. Sabemos de memoria la edad que teníamos sin necesidad de calcularla, qué estábamos haciendo cuando se trasmitió la noticia del golpe de estado y hasta como estaba el tiempo ese día de invierno en Montevideo. Veníamos llevando desde hacía años, la cuenta de amigos y familiares presos, de los que podían escaparse al exterior y de los que se tenían que ir, por la pérdida de sustento económico.
    Ir al liceo todos lo días era riesgoso. Allanamiento en los locales de estudio, gente armada mezclada en los grupos de clase, entradas intempestivas de policías o soldados en las aulas, llevando compañeros de quince o dieciséis años presos. Gases, corridas, golpes, enfrentamiento de tanques y caballos contra la gente, jóvenes algunos casi niños.. Huelga general desde el momento del golpe, fábricas y centro de estudio ocupados.
    Clausura de diarios y publicaciones de protesta, censura de todo tipo, películas, programas radiales, planes de estudio, libros, eran las vivencias cotidianas.
    El Popular estuvo clausurado, y cuando pudieron volver a sacarlo, a papá le asignaron la tarea de ser el redactor responsable. En ese tiempo, más que un mérito, un compromiso peligroso.
    Como respuesta al famoso llamado de “a las cinco de la tarde”, los ómnibus descargaban gente de todas las edades en las paradas del centro de Montevideo. El nueve de julio de ese año, encontró a la calle18 de julio llena de gente corriendo, tratando de esquivar caballos al mando de soldados con órdenes de represión, desesperados buscando hijos, hermanos o compañeros.
    Un pueblo manifestándose en contra de la dictadura militar impuesta, fue castigado nuevamente.
    En El Popular irrumpieron arrasando con todo, incluso con los trabajadores del diario, que quedaron literalmente bajo las botas de los soldados, que así los llevaron y encerraron en el Cilindro Municipal, clásico estadio de básquetbol montevideano que usaron de prisión, agrandando el espacio locativo carcelario.
    Me acuerdo de todo. Las visitas a través del alambrado. Aurelio ingeniándosela para entrar a verlos, simulando ser el verdulero o el encargado de llevar leña.
    En ese momento, a pesar de años de despedidas y llantos, no imaginamos la magnitud de lo que ya pasaba, y lo que se estaba preparando. Se hizo la noche sin aviso. Miedo, clandestinidad, persecución dolor y muerte como nunca hubiéramos imaginado, enfrentando la dignidad de nuestra gente. Miradas cómplices, poemas y canciones, se opusieron como se pudo al terror. Resistió la carta popular, llegando a manos del pueblo, continuación clandestina del Popular, que sus periodistas seguían imprimiendo.
    Destierro, destrucción cárcel y tortura, contra la unión de la resistencia y solidaridad de personas comunes que defendían el sueño de un mundo para todos. América arrasada otra vez.
    Al inicio de 1976, una madrugada de verano lo secuestraron de casa con un operativo desplegado en una tranquila zona de Malvin, dispuesto como para capturar un comando de guerra armado hasta los dientes, y no a un tipo de 47 años en piyama y sin más armas que sus palabras. No volvió a casa hasta ocho años después. Un año desaparecido, pasando de cuartel en cuartel, hasta “aterrizar” en el penal de Libertad (aunque parezca broma el nombre), donde vidrio y teléfono por medio nos repartíamos los 30 minutos para verlo cada 15 días .

    Prefiero anexar documentos y testimonios, a relatar esta parte de la historia que con tantos compañeros compartió. Guardo los documentos que muestran la solidaridad en todos los idiomas. Guardo sus cartas y las carteras que trenzó. Guardo la paloma surgida de un trozo de hueso, que reclamaba paz. Guardo un corazón hecho de papel higiénico que nos llegó al año de su desaparición escondido en los restos de ropa que nos entregaron, gritando los harapos el tormento. Pero sobretodo guardo su risa, la esperanza transmitida y las palabras escritas en el corazón rasgado en un baño de cuartel: besos a todos “ánimo”. Confío en él, y en la bandera que nos pasó, y aunque a veces nos cueste sostenerla, surgirán siempre manos que no la dejarán caer.

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