Puerta de salida

aliciaEl Batallón Nº 9 está ubicado en Aparicio Saravia y Belloni, próximo al barrio de la periferia capitalina 40 Semanas. Ése es uno de los predios cedidos al Sistema de Responsabilidad Penal Adolescente (Sirpa) para montar sus instalaciones. La entrada en la que esperamos para las distintas entrevistas está vacía, igual que todo lo que pudimos ver del complejo, salvo una oficina -que antes fue un cuarto del batallón- donde están los educadores y hay carpetas, mates y termos. Recorrer el sitio resulta un tanto desolador, y es difícil imaginar que todo el trabajo del programa de egreso se esté haciendo en un lugar en el que hay que rastrear sillas y mesas en distintos ambientes para sentarse a charlar.

Si bien el Sirpa -que absorbió y amplió las responsabilidades que recaían en el Sistema de Ejecución de Medidas en Jóvenes Infractores (Semeji)- se creó a mediados de 2011, mediante la aprobación de la Ley 18.771, su infraestructura todavía se está armando. La directora del Programa de Inserción Social y Comunitaria de la institución, Alicia Bello, analizó las experiencias, los avances y desafíos por delante.

Se trata de uno de los cinco proyectos que funcionan en el marco del Sirpa. Se lo conoce también como “programa de egreso”, por ser el programa mediante el cual los jóvenes comienzan a participar en los convenios de trabajo que ha hecho el Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU) desde 2011. Ese año se incorporaron al mercado laboral los primeros 12 jóvenes en la fábrica metalúrgica Umisa. Actualmente son más de 200 los que han pasado por el programa y cumplido sus medidas judiciales, de un total cercano a los 1.000 que están en proceso en todo el país.

Bello considera que el programa que dirige ha sido un bastión del nuevo Sirpa, a pesar de que no tuvo la repercusión pública que se merecía, según opinó. El organismo se ha esforzado por sacar una publicación que seguirá saliendo durante todo el año, con el fin de mostrar las cosas que se han hecho para mejorar el sistema al que van los jóvenes en conflicto con la ley y buscar que su tránsito por la institución les permita reincorporarse o incorporarse por primera vez al mundo del estudio y el trabajo.

 Según datos del Observatorio de los Derechos de la Infancia y la Adolescencia, en 2012, en Uruguay, el porcentaje de infractores que no estudiaban ni trabajaban al momento de ser captados por el sistema judicial ha crecido desde 2009, superando en la actualidad el 60%.

Cuéntennos

“No son pibes de mamá y papá. Son pibes que sufrieron de primera. Cada uno se sienta cada dos por tres y te cuenta la historia. Cada una es distinta y somos todos distintos, pero todos han sufrido las mismas cagadas: o perdieron a la familia, o no tienen nada. Siempre la mala está ahí”. Ésa es la categorización de sus compañeros que hacía Maxi, de 18 años. Él ya cumplió las medidas que le había impueso la Justicia y, por tanto, concretó el egreso del Sirpa. Aunque le tocó estar en la mala, durante la charla en ningún momento se refirió a sus ex compañeros como uno más de los que estaban en esa situación. Contó que su padre, tíos, hermanos y cuñado están presos y que su madre “no sirve” y que vive solo desde los 14 años, “porque si sos hombre tenés que rescatarte”.

Bello relató desde su experiencia la transformación que experimentan los jóvenes desde que entran al programa de derivación y diagnóstico hasta que culminan las medidas judiciales. “Al principio te dicen que son chorros y hacen planes para robar un Abitab o algún otro local conocido; algunos se van diciendo que son metalúrgicos”, y otros, como William, confiesan: “Mi principio es la construcción; haría otro trabajo pero por hobby, la construcción es lo que me gusta”.

El objetivo que se busca alcanzar, en conjunto con los jóvenes del programa, es un cambio de identidad, una construcción de valores distintos, y no la reinserción en un sistema del que ya eran parte, sino una nueva forma de inclusión. Para 2014 la apuesta es lograr trabajar con todos los jóvenes que ingresan al Sirpa, planificando una trayectoria que contemple las características y realidades de cada uno. La directora del programa está convencida de que ese desafío podrá lograrse. “Ahora están haciendo buenas cosas, pero es para un mínimo y no tiene que ser así, sino para todos. Sos vos y aquél. Vos pensás en el otro también, porque es tu compañero”, reflexionaba Maxi sobre el alcance real del programa, cuando todavía le faltaba un mes para completar su pena, momento en que se hizo la entrevista.

En el trascurso del diálogo Bello aprovecha cada oportunidad para destacar la importancia de que el PIT-CNT se haya puesto al hombro esta iniciativa, particularmente por intermedio de dos de sus sindicatos más fuertes, la Unión Nacional de Trabajadores del Metal y Ramas Afines y el Sindicato Único Nacional de la Construcción y Anexos, los cuales, según transmitió, no dudaron en hacerse cargo de las primeras experiencias, sin saber si eso les podía jugar una mala pasada a nivel de su representación sindical. “Hicieron lo que había que hacer”, considera Bello en uno de los cuartos desiertos del batallón. Están previstas las obras para crear un área de oficinas y otra para el hospedaje de los jóvenes que trabajan; mientras tanto, deben compartir un mismo sector, desprovisto de comodidades y siempre con mucha gente agrupada. La importancia institucional que se le otorga al programa contrasta con el reducido espacio del que dispone, al observar el resto de los espacios desiertos y sin actividad.

Desde ese punto se hacen las coordinaciones con los otros programas y se evalúan las distintas propuestas que se le hacen a los involucrados, tanto de capacitación como de trabajo. Todos los jóvenes con medidas judiciales pasan al Programa de Derivación y Diagnóstico, otro de los cinco que maneja el Sirpa. En esa etapa se define si se recurrirá a la privación de libertad o a medidas alternativas. Cuando ya transitaron parte de la sentencia, se les ofrece la posibilidad de incorporarse al programa de egreso, en el que se brindan diferentes cursos de capacitación que les abran el camino para participar en alguno de los convenios laborales suscritos por el Sirpa. Teniendo en cuenta sus intereses y la disponibilidad de cupos, pueden comprobar y practicar lo aprendido en los rubros metalúrgicos, construcción, supermercados, organismos del Estado o como alcanzapelotas en los partidos de fútbol, entre otras actividades.

Maltrato

La opinión pública considera que los establecimientos y programas de encierro del INAU se han caracterizado por ser lugares donde suele haber violaciones de los derechos humanos. Para algunos es un mito, para otros es una realidad. El Servicio Paz y Justicia lleva adelante varios casos de denuncias por estos hechos en hogares y centros dependientes del organismo. En las charlas con algunos de los jóvenes que se encuentran bajo la supervisión del Sirpa se advierte que es un tema que se intenta evitar, y si alguien hace un comentario, no menciona nombres de personas ni de los centros implicados.

 Antes de ser directora del programa, Bello fue educadora en varios centros, entre ellos en la colonia Ser, el lugar de máxima seguridad que tiene el Sirpa, sobre el que han recaído la mayoría de las denuncias por tortura y malos tratos. Ella asegura que todos los educadores del INAU tienen sumarios por denuncias de este tipo o por fugas, lo que podría explicarse porque, a diferencia de lo que ocurre con otros funcionarios públicos, ellos están a cargo de situaciones muy complejas y de carácter límite. El diálogo que ella promueve con los jóvenes es de tono familiar, de mucha confianza, tanta como la que construye cada joven con su educador.

 La vemos interactuar con ellos, llevarlos y traerlos de sus casas, rezongarlos. Su teléfono celular y los de los educadores suenan durante las 24 horas del día intentando resolver las cuestiones cotidianas que pasan con los jóvenes, tanto personales como laborales. La calidez en el trato es perceptible y los cuidados y aclaraciones a los jóvenes son constantes.

“Un menor tiene que tener cuidados, alimentación y familia, ¿entendés? Y si tiene que ir preso, que lo traten bien”, dice Maxi sobre el tema mientras detalla algunas de sus entradas en comisarías en las que permaneció encerrado varios días, sin bañarse y con escasa comida, antes de que un juez le tomara los datos.

No a la baja

“Justo ahora que están tratando de que las cosas mejoren quieren bajar la edad” de imputabilidad penal, lamenta Maxi sobre el final de la charla. Y expresa sus razones para estar en contra de la propuesta impulsada principalmente por el senador colorado Pedro Bordaberry y algunos sectores del Partido Nacional, argumentando que las cárceles reservadas actualmente para los adultos “están feas para los menores”. “¿Sabés cómo los van a judear? Los van a hacer lavar ropa. Son pibes, si los ponés con otros de 20 años, los van a agarrar de hijo”, sostuvo.

Por su parte, Bello comentó que el Sindicato Único de Trabajadores del INAU (SUINAU) desplegará próximamente una “gran campaña” para contrarrestar los fundamentos de quienes lograron habilitar que en octubre se plebiscite la modificación etaria para que los adolescentes sean juzgados y recluidos como adultos a partir de los 16 años. La funcionaria remarcó que el Sirpa está abierto a mostrar lo que se está haciendo en el marco del programa de egreso, para que quienes quieran puedan conocerlo y sacar sus propias conclusiones. Aclaró, no obstante, que esta apertura no implica fijar o comunicar su posición personal con respecto al plebiscito. En las mochilas y los elementos que utilizan los educadores presentes en la oficina hay pines y pegotines identificados con la campaña del SUINAU.

Los jóvenes entrevistados coincidieron en que la baja de la edad de imputabilidad penal es un tema de preocupación para toda la sociedad, porque si se concreta, afirman, la consecuencia será un aumento en los delitos de rapiña y homicidio cuyos protagonistas serán cada vez más pequeños. Consultados sobre si esta cuestión es algo que hablen entre ellos, uno de los jóvenes explicó que “no, para no enojarse”.

Bello asegura que cuando conversan en los patios los temas ya no son siempre los robos, también hablan de cursos, trabajos e incluso se atreven a pensar en un futuro a largo plazo, cuando antes, para muchos, ése era un tiempo que no existía, ya que estaban acostumbrados a pensar siempre en el presente y en vivir el día a día como y donde pudieran. Hoy hablan de casas y familias, y varios ya están en la búsqueda de concretar estas metas. Incluso proyectan qué les gustaría que sus hijos hagan cuando crezcan y qué no les van a permitir.

Por: Gabriela Pasturino

Tomado de la diaria

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