“Meme” Altesor: dejar la vida por la libertad de un pueblo hermano

revolucionUn 16 de julio de 1979, caía herido de muerte por el fuego enemigo Héctor “Meme” Altesor, en las tierras selváticas de Nicaragua, convertidas en campos de batalla. El ejército sandinista ya avanzaba en la ofensiva final contra las tropas del dictador Somoza.

Altesor era militante de la Juventud Comunista uruguaya, y fue a luchar por la libertad de Nicaragua junto a otros uruguayos, que pasaron a formar parte del Frente Sandinista de Liberación Nacional, cumpliendo con el deber internacionalista, así como también lo hizo Luis Alpuin, otro militante de la UJC que murió en la lucha contra las tropas imperialistas en Nicaragua.

LiberArce no puede dejar de recordar el ejemplo del “Meme”, otro heroico joven uruguayo, otro ejemplo revolucionario, que alumbra el fututro.

“Ahora los “nicas”
te recuerdan “Meme”
y en cada 16 de julio
te decimos presente
aquí en tu tierra
no se rinde nadie
la patria americana”

 

Historia de la muerte de un héroe uruguayo y latinoamericano

Era un día con mucho calor como todos los de ese mes en aquella región de nuestro planeta, donde sólo se puede encontrar el fresco reparador debajo de las grandes y bondadosas hojas de las plantas tropicales.

Desde los primeros rayos del sol y en horas avanzadas de la mañana, la selva emite un conjunto de misteriosos sonidos que emergen desde el variado follaje, llenando, los espacios que caprichosamente ha ido dejando el silencio.

Son las aves autóctona las que se encargan de de eso, destacándose el silbido del pequeño y señorial “guardabarranco”, le sigue los policromos guacamayos que con sus estridentes graznidos, ordenadamente son parte activa en tan variada orquesta, la que alternativamente es interrumpida por parlanchinas bandadas de loros, o el sonido cual aplausos que produce el batir de alas de otras aves que no cantan, a su vez si miramos con atención hacia los añejos árboles, se podrá ver alguna pareja de monos blancos que cual diestros trapecistas vuelan de árbol en árbol, comunicándose entre ellos con su gutural lenguaje; Por eso es bueno saber que si tenemos el privilegio de entrar en esos templos de la madre naturaleza ese será el comité de recepción oficial que no recibirá.

En tiempos normales es maravilloso ser un espectador, que sólo pagaría para disfrutar de ese calificado concierto.

Pero en aquella aciaga mañana del 16 de julio del 79 aparentemente tan apacible, todo seria distinto, porque había eventos determinados por la presencia de los hombres que harían que todo eso cambiara.

En un lugar (cercano a las orillas del río Ostayo al norte de la localidad fronteriza de Peñas Blancas y al oeste del poblado de Sapoa) entre las pequeñas alturas, serpenteaba un angosto sendero por el que sigilosamente se desplazaba un grupo de combatientes armados.

Sus rostros tostados por el sol denotaban el cansancio y la alegría de haber conversado muchas veces con la muerte, la misma que hacía tiempo ellos osadamente venían desafiando, y al parecer ésta hasta es momento había sido derrotada, pero hay que saber que ella es tenaz y siempre quiere ganar.

Los combatientes eran jóvenes, que dejaron sus cuadernos, sus libros, sus herramientas y todo aquello que más amaban para incorporarse a las guerrillas conducidas por el Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Rememorando la epopeya de las “brigadas Internacionales” que fueron a defender a España del fascismo habían ingresado a Nicaragua desde la República Costa Rica para incorporarse al denominado Frente Sur que en cruentos combates le había arrebatado de 10 a 15 kilómetros de territorio a las fuerzas del tirano y avanzaba decidido a la conquista de la capital.

Aquel heterogéneo grupo componía las unidades de avanzada de las fuerzas rebeldes, cumpliendo la misión de una patrulla de reconocimiento ,caminaban decididos, no era para menos la patria que es de todos y es de nadie los aguardaba ansiosa, a la cabeza de la patrulla, dando indicaciones por señas, estaba un nicaragüense de pura cepa, achaparrado y de piel cetrina, “el Chino Benigno”; detrás el resto del grupo, en el que se destacaba uno más alto, de pelo castaño, flaco, enérgico, cuyo uniforme verde olivo se confundía con las anchas hojas: era el teniente Héctor “Meme” Altesor, recién graduado en la misma Academia que yo, y era conocido en Nicaragua con el nombre de guerra de “Pedro el Uruguayo”.

“Meme” Altesor era ferroviario, hijo de una familia de luchadores por las sagradas causas de nuestros pueblos. A su padre Alberto, legendario militante; lo conocí cuando yo tendría unos 10 años, lo veía llegar a mi casa paterna del barrio Peñarol con un poco de diarios “Justicia” debajo del brazo, venia regularmente a darle “línea política” a mi padre. Lo recuerdo unas veces hablando sobre el Sindicato, otras veces sobre aquel partido, y otras veces perseguido, o entrando al Parlamento como diputado.

Como un duro quebracho paso la prisión, el exilio, la clandestinidad, en Buenos Aires le hicieron una gran operación del corazón volvió por el gran rió una noche sin luna.

Pero siempre con esa tenacidad admirable, con la misma fuerza en la mirada y la fe casi religiosa de que la “izquierda” sería gobierno algún día.

Para eso tributó todo a esa noble causa y dos de sus hijos tomaron las banderas de relevo y las supieron llevar con honor por los campos de Nicaragua.

Según contaba Benigno nadie fumaba, nadie hablaba, sólo se escucha el inevitable crujido de las ramas secas al pisarlas involuntariamente y los ruidos que hacen las armas al chocar contra el resto del equipo que porta un combatiente.

No había dudas que así, paso a paso, iban ganándole metros al terreno y achicando la hora de la liberación, que estaba llegando para esa en otrora tiranizada patria.

Cuando el grupo iba pasando por una parte del sendero, donde se forma una pequeña garganta flanqueada por unas elevaciones, fue cuando frente a ellos se escuchó el inconfundible sonido que produce un arma al “montarse”, o sea el manipular del cerrojo para introducir el cartucho inicial en la recámara, cartucho portador del mortífero proyectil.

Cual tocados por el mismo rayo invisible todos los integrantes del grupo se tienden, e instantáneamente se escuchan los sonidos de otras armas que se preparan, respondiendo con el metálico lenguaje en el que sólo ellas se entienden.

No se veía nada, ni nadie tan sólo hojas, todo estaba paralizado, menos el agua de las vertientes serranas que seguía indiferente corriendo por entre las piedras,

Aunque hacía mucho calor, calor un frío silencio se extiende minutos que parecen horas como si detrás de cada piedra, cada árbol, no hubiera seres humanos dispuestos a arrancarse eso tan preciado que llamamos vida.

Algunos, los más fogueados, reptando lentamente aprovechan para situarse más ventajosamente en el accidentado terreno, hasta que desde las posiciones de los sandinistas una voz dice el consabido “¿quien vive?”, del otro lado se responde otra voz por aquí “Nenin”, que era el nombre de guerra de uno de los jefes de los destacamentos móviles sandinistas.

Ante la duda de la trampa se vuelve a hacer otro largo silencio, hasta que “Meme” se acomoda un poco para poder ver entre la tupida maleza, para ello se incorpora lentamente apoyándose en las dos manos, como si fuera a hacer una “lagartija”, y observa a su alrededor sin poder ver nada.

En ese momento, y desde donde nadie lo esperaba, suena una larga ráfaga de fusil automático, y en fracción de segundos una andanada de invisibles proyectiles cruzan el espacio y uno de ellos logra acertar en la garganta del “Meme”; su muerte fue instantánea.

Seguidamente se produce un fuerte intercambio de fuego donde caen fulminados los dos operadores de radio. Una ametralladora pesada, VZ37 Checa, que debía dar repuesta no logra funcionar, debido a que su dotación no puede introducirle la cinta con los cartuchos.

“El Chino” Benigno se repliega junto con otros combatientes ya heridos luego de unos instantes de nutrido fuego se callan las armas, solo se escuchan las puteadas, los juramentos y los lamentos de los heridos; entre el olor ocre se disipa el humo tenue y azulado de la pólvora.

Los enemigos emboscados se retiran y allí quedan varios cuerpos tendidos, entre ellos el del Meme, abonando con su sangre generosa aquella tierra tan lejana y a su vez tan cercana.

Llegó el atardecer en el puesto de mando ubicado en unas vetustas edificaciones de lo que fuera una calera, que daba el nombre al lugar: “La Calera”.

Allí, reponiéndose de una herida en su espalda, estaba la combatiente Lucía Herrera, para nosotros “La Panchita”. O la “Negra Pancha”.

Ella fue la que después del triunfo me contó que cuando escuchó el parte de guerra donde se daba el nombre de los caídos en aquella acción se enteró de que “Pedro el uruguayo”, a quien había conocido en los trajines de la guerra, era una baja.

La Pancha era una chavala que estaba acostumbrada desde muy joven a la vida dura, a la clandestinidad, presa y torturada cuando era estudiante en su Chinandega natal, fogueada en los combates de las Montañas del Norte junto a las fuerzas del “Danto”, cuando aún el triunfo era sólo una tentación.

Cuando me relataba estos hechos no pudo sostener unas caprichosas lágrimas, que rodaron por sus mejillas de piel oscura y dorada a la vez por los últimos rayos del sol que se fue ocultando despacito, en el poniente de la Managua liberada, mientras una bandera azul, blanca y azul se arriaba lentamente a los toques largos del clarín.

Al mes aproximadamente de terminada la guerra, junto a su hermano Iván Altesor, a Benigno y a Gastón, me tocó la triste tarea de ir a recuperar y trasladar su cuerpo para rendirle honores militares y darle sepultura en el cementerio de Managua, donde aún yace.

El Meme estaba enterrado cerca del comando de Sapoa, dentro de lo que era muy común usar como improvisado ataúd: las cajas de madera en las que vienen embaladas las municiones de artillería.

Antes de proceder al traslado, Benigno quiso mostrarnos con lujo de detallas la zona donde se desarrollaron los combates, el lugar y las circunstancias precisas donde había caído nuestro camarada.

Cuando nosotros llegamos a esos lugares donde se había restablecido el silencio, y si no fuera por las vainas de fusil vacías, los trozos de uniformes y equipos militares semi enterrados y esparcidos por varios lugares, nadie diría que apenas hacía un mes, la guerra era la que mandaba.

Washington Castillo

 

 

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