Cada día, derrotar la impunidad. Los asesinatos de la 20º y los impunes de ayer y de hoy

20Todos los actos del terrorismo de Estado son condenables. Todos son delitos contra la humanidad. Se perpetraron usando el poder, la infraestructura, el presupuesto y los recursos del Estado contra su propio pueblo. No hay escalas de horror o de gravedad. Los delitos del terrorismo de Estado, por serlo, son de lesa humanidad. Y esto no es una tipificación penal, es también una categorización política, y ante todo, es una definición ética.

 Hoy que el poder utiliza la mayoría de la Suprema Corte de Justicia para defender la impunidad desde el Estado y desata una vez más todo el arsenal del que dispone, político y mediático, para justificarla, esa dimensión, la ética, es central.

 Esta nueva embestida de la impunidad y de los impunes es importante, claro está. Tiene su componente jurídico e institucional, y es grave. Los ministros Jorge Ruibal Pino, Jorge Chediak, Jorge Larrieux, y Julio César Chalar, han puesto un freno a la justicia y pretenden retrotraer el país a 30 años atrás como si nada hubiera cambiado, como si nada se hubiera avanzado.

Primero desplazaron a la jueza Mariana Mota, que manejaba el 40% de las causas de violaciones a los DDHH durante la dictadura; luego decretaron la inconstitucionalidad de dos artículos de la ley que declaró no prescriptibles estos delitos.

Hay que enfrentar esa decisión. Se está haciendo. En el propio Poder Judicial hay un debate, una lucha, de interpretación, de actitudes. Hay que valorarlo en la importancia que tiene. En primer lugar un ministro de la Suprema Corte, Ricardo Pérez Manrique, votó en contra de todos estos fallos y en sus fundamentos afirmó que contradicen el Pacto de San José de Costa Rica, la Carta de DDHH de la ONU y que Uruguay se coloca al margen del derecho internacional. No lo dice el PIT-CNT o Familiares, lo dice un magistrado de la Suprema Corte de Justicia, tan magistrado como los otros cuatro que defienden la impunidad. Pero además hay jueces y fiscales que entienden, con independencia técnica, que las decisiones de la Suprema Corte de Justicia no les impiden investigar y sancionar a los culpables y siguen investigando. Se preparan denuncias internacionales. Todo eso es importante. Hay que seguir impulsando las causas, hay que debatir en el plano de la justicia. Pero hay que hacerlo sabiendo que no hay un “santo grial” jurídico que termine de una vez y para siempre con la impunidad.

 No lo hay porque la batalla contra la impunidad no se da solamente en terreno del Poder Judicial, es una batalla democrática y revolucionaria central, y es permanente, no cesa, no termina. La impunidad es el complemento imprescindible del poder, es condición necesaria para su ejercicio.

 La impunidad es la antítesis de la democracia, es su veneno. Envenena todos los niveles de la sociedad, tiene dos componentes básicos: la negación de justicia y la mentira.

 Es tan negativa su permanencia para la democracia que rompe con un presupuesto básico de la misma: la igualdad ante la ley. La ley no alcanza a los impunes. Es tan grave institucionalmente que la impunidad le niega al Poder Judicial su principal función: producir justicia. Secuestra una porción de la ética de la sociedad y secuestra a un poder del Estado, lo anula. Por eso es tan importante horadar, derrotar, arrinconar a la impunidad, desde el punto de vista institucional. Es, nada más y nada menos que rescatar a la Justicia secuestrada desde hace 40 años. Es devolverles la libertad a los jueces. La Justicia nos hace libres, la impunidad nos somete.

 Pero además, la impunidad está sustentada en la mentira, en la falsificación histórica. Se sostiene en la mentira y en el ocultamiento. La impunidad no resiste la verdad, no resiste el debate. Por eso recurre al silenciamiento.

 En estos 40 años de lucha contra la impunidad hemos avanzado mucho y con nosotros ha avanzado la sociedad. La vida y las investigaciones judiciales han demostrado que en todos los casos, en todos sin excepción, quiénes denunciamos dijimos la verdad y quiénes defendieron la impunidad mintieron y siguen mintiendo.

 Mintieron y mienten cuando siguen enarbolando la teoría de los dos demonios para justificar la impunidad. La teoría de los dos demonios, nacida desde las usinas yanquis y repetida hasta el hartazgo en toda América Latina, tiene cuatro mentiras centrales:

a) miente sobre el inicio de la violencia, que fue desde el poder y desde el Estado; b) miente sobre el carácter de clase de la dictadura, que no fue militar solamente, fue de los círculos del gran capital financiero y la oligarquía industrial y ganadera que ganaron y mucho con el disciplinamiento social construido por el terror; c) miente sobre la dimensión de la represión, el objetivo fue todo el pueblo, todo el que pensara distinto y d) miente al ocultar el papel del imperialismo yanqui, de su plan continental de dominación, el papel de la Doctrina de Seguridad Nacional, las coordinaciones como la Operación Cóndor.

 Pero además de esta falsificación histórica, la impunidad miente en concreto, en cada caso, en cada hecho del terrorismo de Estado. Por eso es tan importante seguir denunciando, seguir diciendo la verdad.

 Necesitamos evitar el cerco en el que nos quiere meter la impunidad. Necesitamos hablarle a toda la sociedad, a los jóvenes en primer lugar. Simple y sencillamente con la verdad.

 Pero hay que decir que la verdad no es gratis. Decir la verdad supone dolor, angustia y ese costo, para miles de compañeras y compañeros no debe pasar desapercibido.

 En estos días hemos recogido en EL POPULAR el testimonio de las compañeras que denunciaron las agresiones sexuales en la tortura. Ese testimonio abre caminos a la verdad, demanda justicia y por lo tanto, con su sola existencia derrota la impunidad.

 martires-de-la-20-el-popularPor eso también, cuando se aproxima un nuevo aniversario, el 41, del asesinato de 8 obreros comunistas en la Seccional 20º del Partido Comunista de Uruguay, hay que decir la verdad y denunciar.

 El 17 de abril de 1972 efectivos militares y policiales, asesinaron a Luis Alberto Mendiola, Raúl Gancio, Elman Fernández, Justo Sena, Ricardo González, José Abreu, Ruben López y Héctor Cervelli.

 A Mendiola le dispararon seis veces y su cuerpo también tenía heridas de arma blanca.

A Abreu le dispararon primero un balazo en el pecho, cuando cayó en la calle le dispararon otra vez, la bala le atravesó la médula espinal y le paralizó las piernas, lo dejaron morir. A González lo ejecutaron de un solo balazo en la nuca. A López le dieron un tiro en la nuca y cuando cayó otro balazo en la cabeza. A Fernández le dieron dos balazos, uno en la pierna y cuando cayó otro en la cabeza. A Sena le dispararon tres veces. A Gancio le dieron un balazo en el vientre y lo dejaron desangrar toda la noche sin atención. A Cervelli, que fue el primero en salir con las manos en alto, le dieron un balazo y fue trasladado al Hospital Militar, murió días después.

 Eso fue lo que pasó. Aún no había dictadura. El PCU era legal y tenía representación parlamentaria. No hubo ningún enfrentamiento. Ocho obreros, ocho frenteamplistas, ocho comunistas fueron asesinados, en una de las provocaciones más grandes de todo ese período.

 Por eso promoveremos todas las acciones jurídicas, nacionales e internacionales y también todas las iniciativas legislativas que se necesiten. Por eso saldremos a la calle, como lo hemos hecho en estos 40 años, todas las veces que sea necesario. Por eso seguiremos argumentando, denunciando, convenciendo. Por eso, a pesar del dolor y los trancazos, seguiremos diciendo la verdad. Por eso si nos derriban 100 veces, 100 veces nos levantaremos.

 Los que en el Poder Judicial, en el Parlamento y en los medios defienden la impunidad quieren que el asesinato de los ocho compañeros de la 20 siga impune. Nosotros no. Los que defienden la impunidad y a los impunes quieren que los que violaron y agredieron a mujeres atadas y encapuchadas sigan sin responder por lo que hicieron. Nosotros no.

 Al final, más allá de fórmulas jurídicas y de argumentos todo se reduce a una pregunta, simple y sencilla: ¿De qué lado estas?

Gabriel Mazzarovich

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