Si no es ahora, ¿cuándo?

 

repartir la riqueza La economía uruguaya está viviendo un período de auge como pocas veces en su historia. En los 6 años de gobierno del FA, el PBI ha acumulado un crecimiento de 45% en términos reales. En igual período, los salarios reales promedio se han incrementado un 31%, el desempleo se encuentra en mínimos históricos (rondando el 6%) y la inflación, más allá de los cucos que agita la derecha, se encuentra relativamente controlada. El gasto público, para recomponer el tejido social destruido durante la crisis de 2002, atacar situaciones de pobreza extrema y mejorar servicios básicos como la salud y la educación, ha crecido en niveles muy importantes. En buena medida, estos buenos resultados han estado posibilitados por la coyuntura internacional favorable para nuestro país, particularmente en lo que hace a los elevados precios de los bienes agropecuarios.

Es en lo relativo a la distribución de los extraordinarios ingresos generados por nuestra economía en los últimos años, que los resultados son mucho más magros.

En lo que hace a la “distribución personal” del ingreso, el índice de Gini (indicador que resume las desigualdades de ingreso) ha tenido una evolución favorable pero modesta, pasando de ser 0.46 en 2004 a 0.42 en 2010. Es decir, la concentración de los ingresos cayó, pero lo hizo poco.

En lo relativo a la “distribución funcional” se ha registrado un crecimiento del peso de la masa salarial en el PBI durante los últimos años; pero esto ha sido insuficiente para recuperar los niveles previos a la crisis. Entre 1998 y 2009 el PBI ha crecido 22% mientras que la masa salarial lo ha hecho sólo un 6% (fruto de la gran caída entre 1999 y 2002): la clara conclusión de estos datos es que en el período, el peso de la masa salarial en el PBI disminuyó.

Lo que se aprecia es que los resultados de la bonanza no están llegando a todos los sectores de la sociedad, o hay sectores a los que les está llegando marginalmente, mientras otros han visto incrementados sus ingresos en forma extraordinaria.

Ante esto, la derecha simplemente plantea que el Estado no debe castigar a quienes les “va bien” y por ende se posicionan en contra del establecimiento de impuestos progresivos. Por otro lado, compañeros frenteamplistas han planteado que no se debe tener “ansiedad redistributiva”, o que no debemos “matar la gallina de los huevos de oro”, haciendo referencia a la necesidad de no implementar medidas que hagan peligrar la inversión, motor del crecimiento. Si bien confiamos plenamente en los compañeros, algunas de estas expresiones coquetean peligrosamente con la teoría del derrame. Buscar distribuir mejor implica que algunos pasen a ganar menos (los grandes capitalistas), para que otros ganen más (los trabajadores y el pueblo). Si no lo hacemos en las condiciones actuales, en que las ganancias de los grandes capitalistas son extraordinarias, ¿cuándo lo vamos a hacer?

Los ingresos se generan en el proceso productivo, por eso la distribución de dichos ingresos viene determinada en última instancia por la posición que ocupan las clases sociales en dicho proceso. Es cierto que la política tributaria y las políticas sociales pueden incidir en la distribución del ingreso, en una especie de “segunda vuelta” luego de distribuidos los ingresos generados en el proceso productivo. Pero el elemento determinante de la distribución del ingreso, es la estructura productiva del país.

Aquí es donde entra a jugar otro concepto, que a veces se confunde con el de “distribución del ingreso” pero que no es lo mismo: la redistribución de la riqueza. En nuestro país, los medios de producción (más que nada nuestro principal medio de producción, la tierra) están muy concentrados. Esa concentración es fruto del desarrollo capitalista en nuestro país, que lleva siglos de historia. Y es esta concentración la que explica que gran parte de los ingresos generados año a año en nuestra economía, vayan a parar a los bolsillos de unos pocos, perpetuando la desigualdad. La situación se agrava en tiempos como los actuales, donde el valor de la tierra crece año a año, incrementando brutalmente el patrimonio de los grandes terratenientes.

Entonces, si queremos que los ingresos se distribuyan mejor, el camino pasa en primer lugar por la redistribución de la riqueza ya acumulada, esa riqueza que en nuestro país está concentrada en forma tan desigual. No alcanza solamente con medidas que apunten a distribuir un poco mejor los ingresos que se van generando (como lo han hecho los gobiernos frenteamplistas desde 2005). Por el contrario, es preciso atacar las causas de la desigualdad, que se alojan en gran medida en la posesión de los medios de producción por parte de unos pocos. Y eso implica, ni más ni menos, que cuestionar una de las leyes más importantes del sistema capitalista, como es la tendencia a la centralización y concentración de los medios de producción y por ende, cuestionar al sistema en sí mismo.

Es importante avanzar en el establecimiento de impuestos contra la acumulación de riquezas, como el impuesto al patrimonio (que hoy existe pero con una tasa simbólica, sin incidencia real). Otra medida puede ser el establecimiento de detracciones a las exportaciones del agro, progresivas de acuerdo a la cantidad de hectáreas que se posean. El país tampoco se puede permitir el lujo de que existan miles de millones de dólares de uruguayos en el exterior, en forma de depósitos bancarios u otros activos financieros: se deberían buscar medidas para evitar que esta riqueza permanezca ociosa y generando intereses para unos pocos y por el contrario, pasar a financiar el desarrollo nacional.

Estas y otras medidas deberían contribuir en el avance hacia otro modelo productivo, donde la generación de valor sea apropiada por el conjunto de la sociedad y no por unos pocos (que son quienes ya poseen las mayores riquezas). De la modificación de la estructura productiva en un sentido socialista, depende buena parte de las posibilidades de avanzar hacia un Uruguay con verdadera justicia social.

 Bruno Giometti

 

 

 

 

 

 

 

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