Desechos Humanos

celda-carcelEl Art. 26 de la Constitución, a modo de chiste morboso, dice: “En ningún caso se permitirá que las cárceles sirvan para mortificar, y sí sólo para asegurar a los procesados y penados, persiguiendo su reeducación, la aptitud para el trabajo y la profilaxis del delito.”

 En el mundo existe una clase parasitaria que de manera eficaz atormenta a la humanidad. El Uruguay no escapa a semejante infortunio, por el contrario, cuenta además con parásitos autóctonos. Dichos parásitos viven de nosotros y se nos parecen, al punto que es sumamente difícil poder distinguirnos de ellos. (Aclaramos desde ya, con ánimo de no confundir, que estos parásitos son espantosamente cínicos en el desprecio que sienten por los humanos.)

Violencia es mentir

 Hace poco estuvimos en el COMCAR, fuimos a entrevistar personas privadas de su libertad. El diálogo se hizo simple y corto debido a que fue en horario de visita. Parte del tiempo nos limitamos a observar el encuentro con la familia, algún que otro abrazo efusivo, lágrimas de dolor y la miseria que representa ese infierno…

 Jorge, nos contaba que sobrevive en una celda junto a ocho reclusos, de los cuales “la mitad son lateros”. Y de los nueve, tres duermen en cama y seis en el suelo. El “duermen” es una forma de decir, y no sólo por si te toca el piso, sino también por el hecho de que “si te dormís, corrés el riesgo de no despertarte más”.

A “El Mono”, cuando le preguntamos por la higiene, respondió, “tenemos un pozo dentro de la celda para las necesidades de los nueve”. Y en cuanto a la comida, dijo, “nos dan agua hervida con pedazos enteros de papa, cáscara y mugre”.

¿La salud?, según “El Tatú”, si no es algo que te estés muriendo, se limita a un “jodete puto” o en el mejor de los casos un “no te enfermes”.

Pablo, por su parte, insistió en que mencionáramos “lo del frío, las ventanas de nylon, la humedad, las ratas…”  y un largo etc.

Asimismo -y esto no lo preguntamos porque es archisabido- tenemos la corrupción de la policía, que entre otras cosas ingresa pasta base al establecimiento carcelario. De todas formas, es posible que los familiares sean los que más sufren por todo esto… Las madres, por ejemplo, que además de ver en qué condiciones tienen a sus hijos, deben exponerse al agravio de desnudarse y de dejarse manosear cada vez que van a visitarlos.

Todo preso es político

 El hecho de que las cárceles, en su gran mayoría, estén saturadas de pobres, es consecuencia directa de que hay un sistema que así lo predispone…

Los parásitos, férreos defensores del capitalismo, detentan el poder, y en función de los intereses que protegen, ejercen ese poder para marginar y criminalizar al pueblo. En ejercicio de ese poder -institucionalizado o no- se valen de nosotros para aumentar sus riquezas. Y si para tal fin de enriquecimiento fuera necesario matarnos de hambre o mandarnos a la cárcel, no dudamos que lo harán sin vacilar.

 Los medios masivos de comunicación, que en su gran mayoría están al servicio de los parásitos, nos quieren hacer creer que nuestro enemigo es el infractor y que el sistema penal realmente se encarga de protegernos. Ese engaño nos lo hacen creer, entre otras cosas, por medio de la propaganda que le dan a los delitos contra la vida, que son la minoría entre todos los que se cometen. Y ocultándonos intencionalmente los delitos más simples contra la propiedad, que son los que ciertamente llenan las cárceles de gente. El propósito de este engaño es generar miedo, desconfianza, evitar el relacionamiento de personas, encerrarnos en nuestras casas, poder promover candidatos de derecha (como Pedro “sin apellido” o “el cuco” Lacalle) y desarrollar el negocio que provoca la inseguridad -dado que habrá que contratar más seguros, vender más alarmas, construir más cárceles, etc-. El fin último de este engaño es asegurar el poder a los parásitos y por ende consolidar el sistema capitalista.

 Estos medios de comunicación, que nos alertan sobre el “peligro” que corren nuestras vidas, son los mismos que tanto hoy como ayer se dedicaron a cuidar muy bien a quienes mataron, torturaron y desaparecieron gente durante la dictadura. Cuidaron y cuidan a quienes se propusieron arrasar con el pueblo, arrasar con toda nuestra cultura para instalar así una sociedad de parásitos. No lo han logrado… ¡todavía quedan humanos!

 La autoridad policial, cómplice de intereses parasitarios, juega su rol en la selección que el sistema hace para encerrar a “los inadaptados de siempre”. Es sumamente excepcional encontrar a un sujeto que no haya sido protagonista de una conducta delictiva; sin embargo, a la policía, las conductas o los actos delictivos le importan muy poco en comparación con quiénes son los que los realizan, porque juzga personas, no conductas. La policía ve en el pobre a “un sospechoso”, y en vez de brindar un servicio a la sociedad, lo que termina haciendo de hecho es estigmatizar más a los pobres, realizando “mega-operativos” -y otras clases de circos mediáticos- en los barrios más carenciados, donde pareciera que todas las personas, por el sólo hecho de vivir ahí, venden pasta base, asesinan, roban, ¿trabajan?, ¿estudian? …

 Los legisladores no se quedan atrás en dicha selección. De forma muy general, podemos decir que ellos son quienes determinan cuáles conflictos sociales serán considerados delitos y cuáles no -priorizando el interés de los parásitos por sobre el de los humanos-; además establecen por ley los máximos y mínimos en los que puede oscilar una pena. A propósito, nuestro Código Penal vigente es del año 1934, y está inspirado en el código fascista de Mussolini.

 El proceso penal, a grosso modo, tan siniestro como todo lo anterior, es una especie de Juicio Final que se realiza por escrito, donde tenemos a un sujeto -juez- de carne y hueso que se pretende objetivo y está legitimado para enviar al infierno. En la mayoría de los casos, el juez, mientras investiga la culpabilidad o inocencia de los presuntos delincuentes (cosa que puede llegar a durar años), procesa con prisión sin siquiera conocer la cara de aquellos a quiénes está mandando preso… Esto es tan deplorable como la valoración que se hace de los antecedentes delictivos, donde se castiga, por dos o más veces, al mismo delito que ya tuvo pena cumplida.

Vencedores vencidos

 A los parásitos -intentamos dejar esto claro-, nosotros no les importamos. Una propuesta de humanizar parásitos es tan irrisoria como nefasta. Sólo se valen de nosotros para exprimirnos, para explotarnos, y de esa forma seguir viviendo a costa nuestra. Pero si vos no sos un parásito y toda esta situación te indigna, deberías intentar cambiar las cosas, no desde tu individualidad (por supuesto, a los parásitos si le peleamos de a uno somos boleta) sino junto al pueblo organizado, es decir, pelearles desde un sindicato, un gremio estudiantil, un comité de base, una organización social, etc.; de lo contrario puede que no llegues a ser un parásito real pero podés llegar a ser un cómplice.

Marcos Sotelo

 

 

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